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Fecha artículo : 03 May 2001| Lecturas : 0| Votaciones: 104 | Promedio: 2.5 Regular|

ELLOS NO ESTÁN MALITOS

El viejo genocida está malito y deprimido. No puede ser juzgado por razones de salud, y resulta paradójico que un motivo humanitario impida al mayor enemigo de los derechos humanos sentarse en el banquillo de los acusados.

Pero todos sabemos que al juzgar a Pinochet no se juzgaba a un viejo más o menos enfermo, sino  a unos métodos golpistas criminales y mafiosos y a unas acciones de extremistas salvapatrias basadas en la tortura y el asesinato de aquellos que disienten de su pensamiento único. Juzgando a Pinochet se juzgaba indirectamente a toda su junta militar y a los militares antidemocráticos de Argentina, Uruguay, El Salvador, Perú..., y aun con bastantes años de retraso, en cierta manera y en otro escenario, muchos en España establecían un inevitable y subliminar paralelismo.

 

Pinochet es un símbolo, mucho más que un anciano dictador que después de “poner orden” en el país, tiene la desfachatez de sentarse en un sillón a representar a la democrácia chilena convertido en Senador Vitalicio, mucho más que un insulto para la normalidad y la libertad de Chile, mucho más que una herida abierta en la sociedad chilena que sigue manchando de sangre su presente. Pinochet es mucho más, es la bandera que enarbolan enfurecidos y violentos aquellos que patean la libertad y los derechos humanos, y que salen a la calle desencajados a quemar banderas y fotografías de Garzón ante la sola idea de que pueda ser juzgado. Pinochet es el ejemplo a seguir de todos aquellos caudillos que ante el desorden y por el bien de la patria, deciden suprimir los derechos civiles y asesinar y torturar por la gracia de Dios.

 

Y los símbolos no se ponen enfermos, ni saben de achaques ni de próstatas ni de problemas cardiacos, los símbolos están ahí para vanagloria y orgullo de los vencedores y para herir los sentimientos de las víctimas. Por eso no es de extrañar que lloraran de alegría y se abrazaran las familias de los desaparecidos al saber del procesamiento del viejo criminal, y se alegraran las familias de desaparecidos en Argentina, y las madres de la Plaza de Mayo, y las asociaciones de derechos humanos del mundo entero. Por un momento, o por un tiempo, toda esta gente pensó que por fin, alguien haría justicia.

 

Pero juzgar a Pinochet significaba tocarle las narices a los yankees que tan activamente participaron en el golpe militar,  a la iglesia de su país que siempre lo amparó, y a todo conservador reaccionario que se preciara tanto dentro como fuera de Chile, tanto a aquellos que lo manifestaban públicamente como Margaret Thatcher como a quienes no se atrevían a manifestarlo, por no hablar de la incómoda situación en la que se encontraban los gobiernos de España y Reino Unido.

 

Demasiado bonito para ser verdad, y demasiada luz para tanta tiniebla, supongo que tendrían que buscar una salida para no remover la suciedad y la encontraron en la enfermedad del dictador.

 

Pero aquellos inocentes que sufrieron viles torturas antes de morir, aquellos que desaparecieron para siempre por pensar de modo distinto, no pueden ir en silla de ruedas ni sufrir confinamiento en una residencia, ni estar deprimidos por la situación, ni escribir cartas para protestar por la injusta situación en la que se encuentran, no pueden ni siquiera dar su opinión. Ellos no están malitos, simplemente no están.

 

 

Y aunque aparentemente se abra un camino a la esperanza tras la victoria en las elecciones chilenas de Ricardo Lagos, la situación socio política de aquel país hace casi imposible la posibilidad de un juicio justo,  dado que Pinochet goza de inmunidad parlamentaria en Chile, y entre cambiar la constitución que no es tan fácil y el no herir sensibilidades ni poner en peligro la democracia en aras de aquello que llaman “reconciliación nacional”, al final y ojalá me equivoque , todo quedará en agua de borrajas.

 

Lo único que me reconforta es que al menos,  los pinochetistas aglutinados tras la candidatura de Lavín, no han ganado en todo.

pedroyvict@argen.net

 

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